jueves, 8 de septiembre de 2011

Herman@s




Herman@s
Lourdes García Esperón


Soy la menor de tres hermanas
y ahora de grandes,
no hay diferencia
en las edades.
Pero en la infancia
era importante
ser la más chica,
o la de en medio
y ser la mayor.

María leía,
Ángela  y yo jugábamos.
Las tres cantábamos,
bailábamos…
Soñábamos
en ser princesas,
flores, gaviotas y mariposas
o bellas hadas.

¿Dónde vivíamos?
En el Palacio de una princesa
o en el bosque de Blanca Nieves,
en madriguera de algún conejo,
con el rey Midas, con Sherezada
y en cada cuento que había en la casa.

Con una lámpara, una escalera
el tocadiscos y la penumbra
de nuestra sala,
representábamos…
Mientras tú actuabas
yo iluminaba
y ella aplaudía

Contra el tedio
imaginábamos
viajes insólitos
en esa sala
de aquella casa.

En el jardín
grandes bautizos
se organizaban…
el de una rana
en su cubeta con mucha agua.

Nos disfrazábamos
Con ropa antigua
Que había en los closets.
Éramos hadas,
Malvadas brujas,
novias y reinas
o cupletistas.


Y aunque reñíamos
-por tonterías-
siempre el juego
nos volvía a unir




Ahora al crecer,
sin escalera,
sin tocadiscos
sin esa lámpara,
las tres llevamos
esa penumbra iluminada
de nuestra sala.



María escribe
Angela baila
y yo confieso
que me divierte
estar con niños
leyendo cuentos.

Miro mi infancia
con mis hermanas
jugando y riendo,
siempre inventando
siempre cantando
siempre soñando.
Viviendo en cuentos.


Que divertidos son los hermanos,
qué entretenido nos la pasamos;
qué aburrido, si no estuvieran
qué solos nos sentiríamos.


Aunque peleemos, aunque riñamos
tenemos siempre a nuestros hermanos.

Nos molestamos,
 nos protegemos,
nos escondemos,
nos encontramos.

No importa si tienes uno,
dos o cuatro u ocho,
si eres el sándwich,
si el mayor eres o el benjamín.
Si eres mellizo
o hasta trillizo,
Mejor que todo es no ser el único.

Qué buenos ratos
recordaremos
cuando crezcamos
de aquella infancia
que compartimos

y llevamos dentro.



Romance de Catalina



                                           Anónimo - España

Estaba la Catalina
sentada bajo un laurel
gozando la frescura
de las aguas al caer.

De pronto pasó un soldado
y lo hizo detener.
- Deténgase usted soldado
que una pregunta le quiero hacer.

- ¿Ha visto a mi marido
que a la guerra fue una vez?
- No he visto a su marido,
ni tampoco sé quién es.

- Es alto, rubio y guapo
tan guapo como usted.
Y en la punta de su espada
lleva escrito Juan Andrés.

- Por sus señas, señora
su marido muerto es;
en la mesa de los dados
lo mató un genovés



Y me ha dejado el encargo

que me case con usted
y que cuide de sus hijos
tal como lo haría él.

- Eso sí que no lo haría,
no me lo permita Dios;
siete años lo he esperado
Y siete más lo esperaré.

-Si a los catorce años no viene
yo de monja entraré
y a mis seis hijos varones
con el rey los llevaré.
Que le sirvan de vasallos
y que mueran por su fe,
y a mis seis hijas mujeres
conmigo las llevaré.



Calla, calla, Catalina.
Calla, calla de una vez,
que estás hablando con tu marido
que no has sabido reconocer.

Nuestro primer libro

Y el cuaderno de trabajo

Lorde

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