Suelta hilo.
Volar
papalotes me regresa no solamente a mi infancia, sino al profundo vínculo con
mi papá. De niña y adolescente, siempre mi papá y yo planeábamos con
anticipación ir a un espacio abierto sin árboles o postes de luz, llevar hilo,
tijeras, cinta adhesiva y bolsas de un plástico ligero, de esas que daban en
los supermercados.
Llegar a
ese espacio, en cuclillas o sentados en el pasto o tierra con ramas delgadas y
livianas, cortarlas a mano, colocarlas en cruz, fijar la cruz con varias
vueltas de hilo. Llevábamos cuatro o cinco bolsas por si se rompían, las extendíamos
y pegábamos con cinta en los cuatro extremos de las varas y ya solamente
hacíamos un nudo en la cruz, cuidando de tener el carrete bien tomado en la
mano para dejar ir hilo. Llevábamos de
algodón y luego el de polyester. Una vez probamos el de cáñamo, pero era pesado
y volvíamos con los dos primeros hasta que descubrimos un cordón delgado
sintético. Mi papá me enseñaba a buscar la corriente de aire.
Cuantas
risas en los Intentos. Una vez que el papalote toma altura, demanda hilo, hay
que tener cuidado de dejar que el carrete de vueltas en tu mano sin que te
corte los dedos. Decíamos que la próxima vez nos pondríamos guantes. Ya cuando
el papalote se eleva, el hilo se relaja, se ve curveado en el cielo pero una
corriente de aire puede arrastrarlo y otra vez se tensa el hilo y en un
instante ¡pum! se rompe y el papalote se libera para remontar el vuelo hasta
desaparecer de nuestra vista.
A mí me
gustaba imaginar que yo era ese papalote elevándome en el cielo sintiendo que
seguiría volando hasta desintegrarme.