martes, 31 de marzo de 2026

Los zorros plateados



Flora Esperón Lepine

 

Mi abuelita tenía seis zorros plateados

que metía en un gran ropero de luna y nogal.

Los zorritos bailaban de noche

y en el dia dormían gozosos.

 

Mi abuelita les daba torrejas,

leche de su cabra,

morcilla, chorizo y jamón.

 

Cuando en la torre, el reloj sonaba

los zorrritos cantaban fandangos

mi abuelita bailaba en la cama

y los grillos se unían al jolgorio.

 

Una noche de mayo florido,

los jazmines llenaban el aire

y la luna con traje de olanes

y abanico de encajes de nube

entonaba verdiales y tangos.

 

Mi abuelita reía y sus dientes bailaban.

Los zorritos palmeaban

y los grillos en traje campero

tocaban palillos.

 

Mas de pronto se oyeron pisadas

con gran alboroto golpeaban la puerta.

 

Mi abuelita se acercó con miedo

pero aún así, abrió bien la puerta

y anda tú a saber

que entraron el cura, el maestro

el alcalde y un guardia civil.

 

¿Dónde están los zorros

que todos sabemos, escondes tú aquí?

Yo no tengo ni zorros ni lobos

pero sí estoy viendo cuatro comadrejas

respondió mi abuela.

 

Yo quiero esos zorros, dijo el gordo alcalde

para perseguirlos y luego cazarlos.

−¡Registren los cuartos!, −ordenó el guardia.

Se fueron al patio y todo revolvieron,

hurgaron en cuartos, patios y cocina.

 

Al final, el cura se miró en la luna

y con un jalón, abrió el ropero.

Mi abuelita tembló como hoja

pero allí entre faldas, vestidos y gorras,

colgaban seís finas capas

de zorro plateado.

 

El alcalde se puso amarillo

al carabinero se le escapó un tiro.

El maestro se limpió las gafas

y el cura cayó de rodillas gritando

¡Milagro! ¡Milagro! ¡Qué hermosas capitas!

 

Mi abuelita se acercó al ropero,

seis pares de ojos se rieron con ella.

 

Los cuatro poderes que regían el pueblo

salieron confusos ante el desatino

 y por todo el valle corrió la noticia

de los seis zorritos que se convirtieron

en hermosas capas para mi abuelita.

 

Dragón papalote



 Dragón papalote

vamos a volar,

el viento es propicio;

se siente impetuoso.


Te veo y te admiro,

tú surcas el cielo

de mis pensamientos

y de mis anhelos. 


Te elevas con gozo

vibrante y altivo

indómito, fuerte

y lleno de brío.


Mas eres cometa,

dependes de un hilo

que mi mano alarga,

es mío tu destino.


− Erróneo pensar,

Dragón es mi sino,

un hilo no es nada 

en tu manuscrito.


El dragón cometa

baila con el viento,

asciende en el cielo,

cambia su destino.


Libera su fuego

el hilo se rompe,

me ha quedado un sueño

hecho libertad.



Papalotes

 



Suelta hilo.

Volar papalotes me regresa no solamente a mi infancia, sino al profundo vínculo con mi papá. De niña y adolescente, siempre mi papá y yo planeábamos con anticipación ir a un espacio abierto sin árboles o postes de luz, llevar hilo, tijeras, cinta adhesiva y bolsas de un plástico ligero, de esas que daban en los supermercados.

Llegar a ese espacio, en cuclillas o sentados en el pasto o tierra con ramas delgadas y livianas, cortarlas a mano, colocarlas en cruz, fijar la cruz con varias vueltas de hilo. Llevábamos cuatro o cinco bolsas por si se rompían, las extendíamos y pegábamos con cinta en los cuatro extremos de las varas y ya solamente hacíamos un nudo en la cruz, cuidando de tener el carrete bien tomado en la mano para dejar ir hilo. Llevábamos  de algodón y luego el de polyester. Una vez probamos el de cáñamo, pero era pesado y volvíamos con los dos primeros hasta que descubrimos un cordón delgado sintético. Mi papá me enseñaba a buscar la corriente de aire.

Cuantas risas en los Intentos. Una vez que el papalote toma altura, demanda hilo, hay que tener cuidado de dejar que el carrete de vueltas en tu mano sin que te corte los dedos. Decíamos que la próxima vez nos pondríamos guantes. Ya cuando el papalote se eleva, el hilo se relaja, se ve curveado en el cielo pero una corriente de aire puede arrastrarlo y otra vez se tensa el hilo y en un instante ¡pum! se rompe y el papalote se libera para remontar el vuelo hasta desaparecer de nuestra vista.

A mí me gustaba imaginar que yo era ese papalote elevándome en el cielo sintiendo que seguiría volando hasta desintegrarme.

 

Lorde

Lorde
lgarciaesperon@yahoo.com

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