Flora Esperón Lepine
Mi abuelita
tenía seis zorros plateados
que metía en un
gran ropero de luna y nogal.
Los zorritos
bailaban de noche
y en el dia
dormían gozosos.
Mi abuelita les
daba torrejas,
leche de su
cabra,
morcilla,
chorizo y jamón.
Cuando en la
torre, el reloj sonaba
los zorrritos
cantaban fandangos
mi abuelita
bailaba en la cama
y los grillos se
unían al jolgorio.
Una noche de
mayo florido,
los jazmines
llenaban el aire
y la luna con
traje de olanes
y abanico de
encajes de nube
entonaba
verdiales y tangos.
Mi abuelita reía
y sus dientes bailaban.
Los zorritos
palmeaban
y los grillos en
traje campero
tocaban
palillos.
Mas de pronto se
oyeron pisadas
con gran alboroto
golpeaban la puerta.
Mi abuelita se
acercó con miedo
pero aún así, abrió
bien la puerta
y anda tú a
saber
que entraron el
cura, el maestro
el alcalde y un
guardia civil.
¿Dónde están los
zorros
que todos
sabemos, escondes tú aquí?
Yo no tengo ni
zorros ni lobos
pero sí estoy
viendo cuatro comadrejas
respondió mi
abuela.
Yo quiero esos
zorros, dijo el gordo alcalde
para
perseguirlos y luego cazarlos.
−¡Registren los
cuartos!, −ordenó el guardia.
Se fueron al
patio y todo revolvieron,
hurgaron en
cuartos, patios y cocina.
Al final, el
cura se miró en la luna
y con un jalón,
abrió el ropero.
Mi abuelita
tembló como hoja
pero allí entre
faldas, vestidos y gorras,
colgaban seís finas capas
de zorro
plateado.
El alcalde se
puso amarillo
al carabinero se
le escapó un tiro.
El maestro se
limpió las gafas
y el cura cayó
de rodillas gritando
¡Milagro!
¡Milagro! ¡Qué hermosas capitas!
Mi abuelita se
acercó al ropero,
seis pares de
ojos se rieron con ella.
Los cuatro
poderes que regían el pueblo
salieron confusos
ante el desatino
y por todo el valle corrió la noticia
de los seis zorritos que se convirtieron
en hermosas
capas para mi abuelita.